Todo partió de un sueño... la monocromía inundó el mundo que nos acontece para poder crearnos uno propio, en donde tomamos prestados elementos preexistentes para poder jugar con la imposibilidad.
Finito e infinito en medio de la posibilidad. 
Éste mundo apareció desde su propia poética junto con rodaderos sin caída posible, escaleras sin destino puntual y espacios donde el cuerpo halla la incomodidad...
El blanco y el negro,
lo dual y lo par
se tornaron en una búsqueda de compañía, ya que, para aprender a jugar, se necesita más de uno y, querida hermana, fuimos paridades en medio de lo impar del mundo que nos rodea.